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Agosto 24. Considérate muerto al pecado.

Rom. 6:11 “Así también vosotros consideraos~~ muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.”

Dios tiene un plan para perdonar nuestros pecados, haciéndonos para siempre aceptables en Su presencia y liberándonos del dominio del pecado: “…si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Co 5:17). Nuestra filosofía de vida, actitudes, relaciones, compromisos y deseos cambian cuando estamos unidos a la muerte, sepultura y resurrección de Cristo.

El primer secreto para esta nueva vida es “estar continuamente considerándose a sí mismo muerto al pecado”, “fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección” (Ro 6:5).

Cristo, asombrosamente, paga por la pecaminosidad de todo hombre, lo que permite que el Dios Santo perdone a cada hombre, sin Dios dejar de ser completamente justo.

Segundo, el hecho de que Cristo tuvo que morir por nuestros pecados, y que el único pago posible era la muerte del Dios-Hombre sin pecado, muestra lo repugnante que es nuestro pecado para Dios. Ningún otro pago sería suficiente.

Un solo pecado separó a la humanidad de Dios. Dios odia el pecado, y aun así sacrificó la vida sin pecado de Jesús para pagar el precio de nuestra maldad.  Haz que este hecho cambie tu deseo de pecar y llene de gratitud tu corazón.

Tercero, por la gracia y poder de Dios, hemos sido unidos a Él: “Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Ro 6:6). La muerte y el pecado “no se enseñorea más de él” (6:9), somos libres de esos poderes.

Cuarto, esta asombrosa hazaña fue lograda en la cruz hace dos mil años, “al pecado murió una vez por todas” (Ro 6:10).

Quinto, al estar “en Cristo”, participamos en Su resurrección y nueva vida: “Mas en cuanto vive (continuamente), para Dios vive (continuamente)” (Ro 6:10).

Debemos “tomar en cuenta” que estamos “muertos al pecado” y a su poder (Ro 6:2) y “vivos para Dios en Cristo Jesús”.

“A veces todo mi cuerpo quiere ser indulgente con cierto pecado, pero mi espíritu lo desprecia. Me avergüenza que esa parte de mí sea atraída.  Yo he muerto contigo, Señor Jesús, a lo abominable del pecado.  Quiero odiarlo como Tú lo odias.”

 

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