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Septiembre 24. No se enojen con la disciplina del Señor.

1Heb. 12: 5 “Y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies~| la disciplina del Señor, Ni desmayes~| cuando eres reprendido por él.”

Dios quiere que nos conformemos a la imagen de Cristo al estudiar personalmente y aplicar la palabra de Dios, y entonces Él nos exhortará por varios medios o personas.

Si esto no capta nuestra atención, Él personalmente nos disciplinará y corregirá. Esa puede ser una experiencia muy dolorosa.

El olvido nos causa muchos problemas, especialmente cuando olvidamos las instrucciones de Dios. No necesitamos más revelaciones, sino aplicar lo que ya nos ha ordenado, implementando en nuestra vida un plan sistemático de estudio.

Cuando descuidamos la Palabra de Dios, la olvidamos. Los lectores de Hebreos 12:5 “se olvidaron de la exhortación” y eso les llevó a dos consecuencias negativas:

Primera, debían “dejar de burlarse” o tener “poca estima hacia algo, despreciar”. Ellos despreciaron la providencia de Cristo, al no ver sus beneficios. Eran “descuidados”, no les importaba ni valoraban cualquiera sea el propósito de Dios o su beneficio. Eran espiritualmente indiferentes.

El sufrimiento puede desalentar a la fe, provocando incertidumbre, creando dudas acerca del poder de Dios, o llevando a la desesperación. Lo que parece olvido o abandono de Dios puede ser Su “disciplina”. ¿Cómo podemos saber si lo que estamos viviendo es disciplina de Dios o ataques de Satán? ¡No se puede! 

Dios controla nuestras circunstancias, entonces todo son experiencias de aprendizaje. Debemos tratar nuestras dificultades como lecciones para crecer en Su sabiduría y gracia. Debemos examinar nuestros motivos, comportamiento, decisiones, calidad de nuestras relaciones e integridad en hacer la voluntad de Dios.

Segunda, a los creyentes se les mandó que “no desmayen cuando sean reprendidos por Él”. “Darse por vencido” es producto de nuestra moderna permisividad y psicología anti-castigo. Dios toma en serio la desobediencia y castiga el pecado. A pesar de que reaccionamos egocéntricamente cuando nos corrige, Dios nunca nos rechaza ni deja de amarnos.

Sus castigos tienen un propósito. Él promete que “jamás nos dejará o abandonará” (He 13:5) por eso sabemos que Él atraviesa ese sufrimiento de la corrección junto con nosotros. Tomemos Su mano y aprendamos sabiduría, honrando siempre al Salvador, siendo fortalecidos por Su presencia.

“Padre celestial, gracias por mostrar Tu gran amor por mí al castigarme cuando lo necesito.  Ayúdame a reconocer siempre Tu mano amorosa en todo lo que sucede, con el fin de moldear mi vida a Tus propósitos.”

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